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Estos días he tenido la oportunidad de pasear por alguno de los rincones más seductores de la geografía navarra.  Lesaka y Arantza se refugian lejos de todo, en tierras de fronteras impuestas por el hombre y quebradas por el impulso de la naturaleza.

Ambos pueblos han sabido detener el tiempo y el espacio para mantener a buen recaudo un pedacito de nuestra historia y  de nuestro paisaje. Arantza, refugiada en un remoto valle, engarzado entre un rosario de cumbres verdeantes y laderas amantadas por el abrigo del hayedo. Lesaka, encajonada al fondo de una vaguada. Entre sus grandes casonas, molinos, torres y palacios uno se siente de regreso en algún recodo olvidado de la memoria.